Comenzamos. Tras nuestra llegada tardía la noche de ayer, hoy nos levantamos llenos de fuerza e ilusión ante el horizonte de novedad que se nos abría paso. Tras un desayuno ágil, nos adentramos en la realidad de este pequeño municipio, San Isidro, pedanía de Níjar, donde la lluvia daba el tono a nuestra jornada.


Tras participar en la eucaristía dominical en la parroquia, las hermanas Mercedarias de la Caridad nos abrieron de par en par las puertas de su hogar, referencia obligada a cientos de personas migrantes que habitan este mar de plástico. Desde el inicio nos sentimos cercanos a ellas, parte de una gran familia que comparte la leche, el humor y las canciones.


La tarde comenzó con una visita al taller ocupacional de Emigrantes, donde todos los lunes se tiene un pequeño mercadillo con ropa para niños y no tan niños. Allí les ayudamos con los preparativos para el día siguiente. De allí marchamos a dar un paseo por las calles, que quedó marcado por la sorpresa. Araceli, la que más tiempo lleva en la comunidad -¡más de quince años!- nos llamó por teléfono. Unos amigos Ghaneses, que habían ido a visitarla, nos esperaban para conocernos y llevarnos a conocer sus casas y compartir un rato agradable con ellos.


Durante poco más de media hora compartimos con un grupo de ellos, que viven en condiciones muy extremas. Pudimos escucharnos, mirarnos cara a cara, y sentirnos hermanos. Algunos de estos amigos compartieron un rato en nuestra casa, en que nos narraron historias de vida que calaron en lo más profundo de nosotros.


Terminamos el día con un tiempo de oración en que pudimos compartir las muchas inquietudes que van brotando, así como alegrarnos de que, en este día de lluvia, tantas vidas hayan comenzado a calar dentro de nosotros.

 

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