Se abría un frío día de primavera lagunera, pero repleto de cálidas experiencias. El planteamiento de la oración de la mañana consistió en tratar de enfrentarnos a nuestros miedos a la hora de servir, así como de desentrañar aquellas posibles razones en nuestra vida que pudieran delimitar nuestra tarea.
El día fue un estreno para muchos de nosotros en las respectivas instituciones de referencia: la Casa Central de la Cruz Blanca y la Casa de las Hermanas de los Desamparados. Hubo momentos mágicos en ambos emplazamientos. Por una parte, en la Cruz Blanca se generó una conversación entre los residentes, los cuidadores y nosotros, que fue muy esclarecedora y didáctica. Por otra parte, en la casa de las Hermanas de los Desamparados, algunos residentes están ya “adoptando” a los alumnos. Tras una abundante y opípara comida basada en espaguetis a la boloñesa nos dirigimos hacia el interesante testimonio de una monja que lleva desde 1954 en la casa de las Hermanas de los Desamparados, sirviendo a los ancianos. Sus palabras fueron francas y directas, sirviendo como contrapunto los comentarios de una trabajadora de la residencia.

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